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© 2026 Carlos Furman

TADEUSZ KANTOR


1987

SERIE









“¿Qué puedo hacer por vos?”, le preguntó Tadeusz Kantor al joven fotógrafo que, en una sesión de ensayo, había capturado el que sería su retrato definitivo, el que más le gustaba al artista porque “refleja verdaderamente quién soy”. Carlos Furman no dudó y le pidió poder asistir para tomar fotos en las funciones de ¡Qué revienten los artistas!, el segundo montaje que el Cricot 2 presentó en el Teatro San Martín en 1987. Kantor aceptó con la condición de que, al mínimo ruido, el fotógrafo debía abandonar la sala. Bajo esas circunstancias, con un equipo analógico muy diferente a los actuales, durante varias noches Furman se dedicó a registrar el acontecimiento, a capturar la experiencia.
Desde entonces, el famoso retrato y las fotografías del montaje recorrieron el mundo y hasta se expusieron en la Cricoteka, el Centro de Documentación del Arte de Tadeusz Kantor en Cracovia.

Hoy, casi cuatro décadas después, esas imágenes nos devuelven al depósito de cadáveres en el cementerio. Vemos los mismos cuerpos, los mismos objetos fragmentados. Regresan los gemelos Janiki, el Niño y sus soldaditos de plata, el Carcelero, el Maestro, la Puta de Cabaret. Como fantasmas del pasado, son transfiguraciones siniestras de una realidad degradada. Son, nuevamente, la monstruosa compañía de cómicos ambulantes, “los muertos que se levantan de entre los muertos” para desempeñar sus papeles, como si nada.
Kantor pensaba que su arte moriría con él. El teatro, metáfora de la mortalidad, sólo puede existir cuando se lo representa. Y nadie como él llevó más lejos esa premisa. Buscaba convertir a la muerte en material escénico porque pensaba que la vida en escena sólo puede exhibirse a partir de su ausencia.

Las fotografías de Carlos Furman –más misteriosas aún que los seres y las cosas que reflejan– nos recuerdan que el pasado se desliza secretamente en el presente a través de la memoria con su propia versión.

¡Que revienten los artistas! (1987)